Anamnesis casera

La puerta de atrás

Pequeño y currante

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Autor: William Fog. "Tomando un descanso en el Centro Saathi, estos niños muestran que sólo se tienen los unos a los otros para sobrevivir en la calle".

No han sido pocas las veces que he escuchado de boca de un niño trabajador reinvindicar su derecho a trabajar dignamente. A ojos de la tan avanzada Europa, nos parece una aberración ver a críos limpiando botas en las calles de Lima o recogiendo basura en alguno de los vertederos de Brasil, Bogotá o Colombia o vendiendo cualquier refrigerio en los particulares autobuses caraqueños. Y lo es. Claro que lo es. Pero salvo que remediemos drásticamente esta situación, lo cierto es que todos estos niños son miembros económicos de sus familias y sin sus ingresos, la mayoría de ellas estarían en condiciones aún más paupérrimas. Cuando unos padres no pueden mantener a su prole ¿quién o quiénes lo hacen por ellos?

Los del primer mundo deberíamos distinguir entre trabajo infantil y explotación infantil. Entre niños trabajadores y niños de la calle. A lo segundo, rotundamente NO. A lo primero, tengo mis reservas si no se ataja de raíz, como he dicho antes, el problema endémico de las familias -a las que muchos de ellos siguen ligados. Existen asociaciones de niños trabajadores en Latinoamérica que con sus medios tratan de hacerse oir para mostrar a los sesudos adultos industrializados que su trabajo es fundamental y necesario, incluso para sus países. Y ahora, en tiempos de crisis mundial, más que nunca. Otros, también grupos de niños apoyados por activistas comprometidos, se afanan en terminar con esta lacra, aunque de lo que de verdad están necesitados en muchos casos es de unos padres que los protejan y abracen. Sólo con la perserverancia de muchas y diferentes Ong y grupos de apoyo, se tardarían miles de años en erradicar el trabajo infantil y la explotación.

No creo que se trate de oponerse tanto al trabajo como a defender la Educación que es el único valor para asegurar la prosperidad de los niños. Hay voces que reclaman una regularización de su trabajo y la formalización de derechos laborales, cuestiones que no ven incompatibles con otra aún más demandada, el Derecho a la Educación. Pero ¿quién se va a ocupar de mantener a los cientos de miles de niños mientras se forman? ¿Sus padres? ¿Sus gobernantes? ¿Los ciudadanos? Ojalá lo hiciéramos todos y a la vez, pero por desgracia no es el caso. Entonces, a lo mejor, dignificar su trabajo y darles una educación sería un comienzo, ¿no?

Lo ideal, lo verdaderamente justo es que ningún crio tuvieran que verse en la necesasidad de trabajar. Pero seamos serios, la realidad es otra. La realidad, la de verdad, no nos llevemos a engaño, la hace a diario el primer mundo, ansioso por los balances positivos. La realidad la hacen las multinacionales, algunas responsables directas de la explotación infantil en sus propias empresas para la elaboración y fabricación de muchos de sus productos. Algunas tienen mucho que ver con la extrema pobreza contra la que se debaten a diario los padres de los niños trabajadores y por la que se estrujan en la calle millones de críos que cooperan con el sostenimiento de sus hogares. Pues entonces, no seamos hipócritas, por favor.

La Fundación Telefónica -sin comentarios- ha promovido el libro de fotografías La hora del recreo. Erradicar el trabajo infantil en Latinoamércia. Podría decir muchas cosas, pero sólo se me ocurre que esto es como ir a Dios rogando y con el mazo dando. A pesar de ello, bienvenido sea.

*Recomiendo Comedia Infantil de Henning Mankell.

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