Anamnesis casera

La puerta de atrás

Mi abuelo El Rojo

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Entre mi abuelo y yo hay una gran Historia que todo el mundo cuenta a su manera. Él la comenzó en La Rambla y yo, años después me la llevé a la Universidad empaquetada en una cinta de casete. Me la contó delante de una grabadora mojada con las lágrimas de un recuerdo que manaba de un agujero estampado en el hombro. Es que a mi abuelo le pegaron un tiro. Los nacionales, en la Batalla del Ebro. Es que mi abuelo luchó en el bando rojo y estuvo en la cárcel. Y le condenaron a muerte y le conmutaron la pena y fue de presa en presa llevando y trayendo piedras, construyendo parte de la historia de este país.

El me lo contó todo. A su manera. Que se creyó muerto muchas veces, que le dolía respirar cada mañana tras la reja. Que 12 años después de caer preso en el río donde vio morir a sus amigos, tan jóvenes como él, le dejaron volver al pueblo, resignado y escarmentado. Pero no le convencieron. Y nunca se convenció.

Mi abuelo fue de los rojos y la historia que me contó estuvo teñida siempre del mismo color. Sin proponérselo, me dio una lección sobre el significado de las ideas, de lo que se puede llegar a hacer por defenderlas. Y sin proponérselo, se hizo grande ante mis ojos. Mi abuelo luchó en la Guerra Civil, una guerra que siempre llevó a cuestas y que me supo transmitir.

Pero todo esto ocurrió antes, mucho antes de que Emilio se convirtiera en El Abuelo. El de los paseos eternos a ritmo de maratón, el que traía manojos de cardos recogidos en el campo aún sin urbanizar, el de la garrota y la boina, el que reunía a los nietos alrededor de toneladas de picadillo de tomate y naranja con cientos de barras de pan tierno para desayunar. El que nos dejaba corretear y chillar y mancharnos y disfrutar de ser niños, el que apartaba a las pesadas de nuestras madres para que nosotros, sus nietos, disfrutáramos de un poco de libertad. Ese era El Abuelo. El hombre simple que interiorizó una guerra, la guardó y dejó paso a la vida que tenía que venir. Sin más.

19 de marzo de 1979. Aquel Día del Padre, Emilio estaba en el hospital. Esa es otra historia que por suerte también pudo contar. No pude verle, pero me contaron que cuando escuchó la poesía de Rubén Darío que le grabé, Emilio lloró emocionado. Supe que mi abuelo me quería. Y después lo supe varias veces más: cuando me fruncía el ceño con malicia o cuando, como mi abuela, me llama ‘mardita madre’ si me portaba mal.

A Emilio le quedó la garrota como símbolo de mando cuando se le llenó la casa de mujeres y se dio cuenta de que allí poco podía mandar. Puede que de vez en cuando gritara un poco por allí o por allá para hacerse presente, pero el larguirucho de ojos azules de mi abuelo sabía perfectamente cuál era su lugar. Y desde ese sillón, el que siempre fue suyo, contemplaba el revoloteo casero como algo natural. Sé de buena tinta que a alguna de ellas le cosía los ligueros. Y sé también que el orgullo por sus seis hijas le inflaba y que nunca se reviró por no haber tenido un varón. Emilio, aunque algo protestón en otras lides, supo adaptarse a los tiempos.

Yo he tenido un gran abuelo que fue un buen hombre, sencillo y a veces sorprendente. Un hombre que salió de un pueblo con una historia que ha terminado formando parte de una tesis doctoral sobre la Guerra Civil. Lo que son las cosas.

Yo me voy a quedar con El Abuelo, no con el personaje, y con esa manera tan tranquila de pelar y cortar los tomates para luego hacernos disfrutar. Esa es la verdadera Memoria. Ahora, ‘Juli’ y Emilio están juntos. ¡Qué suerte!

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Written by Galo Sirtsigam

8 noviembre, 2011 a 14:06

Publicado en A veces Galo y otras no

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Una respuesta

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  1. Me ha gustado muchísimo este post…. y me he quedado con ganas de saber más cosas de tu abuelo.
    Besos 😉

    Gato1

    11 noviembre, 2011 at 13:16


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