Anamnesis casera

La puerta de atrás

¡A la huelga, egoístas!

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La del 29 de marzo es una huelga de egoístas. Una huelga que solo piensa en los que trabajan pero no en los que no pueden trabajar, ni en los que jamás gozaron de los derechos que los sindicatos -la prosodia de lo laboral- han decidido que se van a perder por cuestiones puramente políticas.

“Los trabajadores perdemos derechos”, dicen unos. “Los trabajadores estamos a mercé de los empresarios”, dicen otros. “Esta reforma nos hace retroceder 40 años”, claman los que hace 40 años andaban con chupete.

¿Qué hicieron ellos para evitar todo esto? ¿Qué hicieron mientras 8 años atrás se empezaba a despedir compañeros de mesa por tratar de obtener los mismos derechos que ellos disfrutaban? ¿Qué hicieron mientras eran testigos de cómo sus empresas contrataban precariamente, pagaban dos y tres veces menos, excluían los convenios, la antigüedad y a veces hasta el contrato?  Nada. No hicieron nada salvo mirar para otro lado, ocultarse tras la pantalla del ordenador y utilizarla de protector. Calladitos. Todos. Trabajadores afiliados y sin afiliar. Miembros de comités y no adscritos.

Ir de progre con 37 días de vacaciones al año, 16 pagas, descuentos por gastos sociales y la posibilidad de no ir un lunes a trabajar sin problemas después de una curda dominical es fácil. Difícil es ser coherente cuando se ha de sobrevivir sin trabajo. Esta gran cacerolada que se ha denominado huelga general -que es básica y exclusivamente sindical, política e interesada- ha mandado a un rincón a los parados -como siempre ha hecho- y a los que, con trabajo, no han conocido nunca eso de los “grandes derechos” porque todos los demás miraron para otro lado.

En el mar laboral, hasta ahora calmado, eran muchos los que navegaban en cómodas zodiac. Su travesía era tranquila y no tendieron la mano para aupar a los que nadaban sin flotador, ni impidieron que a otros compañeros los lanzaran fuera. Ahora que ese mar está repleto de naúfragos, se siguen aferrando a una barca cada vez más vacía. Así no.

Written by Galo Sirtsigam

28 marzo, 2012 at 14:06

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Lo que pude llorar

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Sé de antemano que esta historia va a resultar, en general, una ñoñería salvo a unos poquísimos. Aquellos que como yo conocen la coreografía.

“Tan desesperado estaba que pensé: acabo con esto de una vez y los cinco por la ventana”.

Se lo escuché en la Escuela de Padres a uno de ellos. Lo dijo ahogado en culpa, pero reconfortado por tener la oportunidad de compartirlo. Ninguno de los que estábamos allí pudo criticarle. Más bien repetimos interiormente las mismas palabras y supimos que alguna vez nosotros también pensamos lo mismo.

Aquella Escuela de Padres de la Asociación Asperger Madrid a la que asistí hace un año fue toda una revelación. Despejó multitud de dudas y trajo consigo un montón de evidencias. La más difícil de asumir todavía: mi hijo tiene Asperger o Autismo de alto rendimiento o Tea, me da igual el nombre. La más necesaria: ¿Qué es lo siguiente que hay que hacer?

Claudio tiene 11 años y traté desde el principio de aplicar el sentido común y algunos manuales sesudos sobre cómo educar y potenciar a los niños. Golpearme la cabeza en la pared hubiese sido más productivo. No entendía por qué mi hijo no respondía como debía a los estímulos y por qué no actuaba como se esperaba a determinadas pautas. No entendía nada. Y en el fondo, una llamita dentro de mí, desde que tuvo 3 meses, me decía: “algo no va bien”. Pero al instante siguiente Claudio me demostraba que podía estar equivocada, así que la llamita se quedaba a fuego lento y yo seguía a toda mecha aplicando manuales y viendo crecer alrededor a otros niños de forma distinta a como lo hacía Claudio. Luché contra un ente que solo se dejaba ver a ratos. Tan invisible era que no lo vieron profesionales de centros base, psicólogos, logopedas, neurólogos y profesores. Así todo, yo seguía insistiendo y cuanto más crecía más se afianzaba en mí ese aquí pasa algo y ese aquí era nada menos que mi hijo.

La audiometría descartó la sordera. Los análisis genéticos descartaron el X frágil y el electroencefalograma, un funcionamiento anormal del cerebro. Nada hacía presagiar que Claudio tenía Asperger aunque todo apuntaba hacia él y yo no lo sabía como no sabía tampoco que aquello pudiera existir. Eso sí, durante un tiempo convivimos con el único diagnóstico que el neurólogo me tiró encima: Disfunción Cerebral Mínima y ¡chimpún! Como era de esperar, aquello no me llenó. Ni tampoco las vagas definiciones de Google sobre la DCM que anunciaban que aquellas siglas formaban parte del Paleolítico científico.

Los cambios de rutina, por mínimos que fueran, se convertían en un padecimiento. Las vacaciones con los abuelos, en tortura y la vuelta a casa después del trabajo, en una agonía. Lo que debía de ser un fin de semana tranquilo y apaciguante se convertía en un espectáculo de gritos y llantos y ganas de asomarme con él al vacío de la ventana. Un regenerante vuelo que acabaría con todo. También con el martilleo constante de un montón -montón- de profesionales que pasaron por la vida de Claudio hasta los 5 años y que me culpabilizaron constantemente del compartamiento de mi hijo. Recuerdo las salidas de las consultas absolutamente hundida, envuelta en un llanto extremo tratando de manterme en pie para que Claudio no me viera y para que no me viera nadie más. Una en particular me partió por la mitad después de oír de boca de la Orientadora de su colegio que yo, la madre de Claudio, padecía Síndrome de Munchhausen. Pude haberme rendido y, sí, de alguna forma lo hice. Mandé a la mierda reposadamente a todos los psicólogos, salvo a una, y me dediqué a mi hijo. Habían pasado 6 años de idas y venidas emocionales, de culpa extrema, de falta de soluciones, de búsqueda constante en sitios a los que no podía aspirar porque no disponía de dinero suficiente. Aclaro: fui y soy madre absoluta en todos los sentidos y también me tocó bregar con el padre de la criatura para quien su hijo era tan normal como él cuando era pequeño. Ahora entiendo lo de la causa genética del Asperger.

En Primaria y tras el cambio de colegio los problemas aumentaron. Los profesores, estupefactos, me reclamaban día sí y día también para recriminarme que mi hijo mordía las carpetas, merendaba en mitad de una clase y, en el patio era un ser aislado y repetitivo. Y lo hacían siempre con el ceño frundido. Incrédulos y juzgones. Alguno hasta pegón. Ellos no comprendían, pero yo tampoco. Me faltaba información. Claudio no me la daba. Nunca habló del día a día en clase. Ni de lo bueno ni de lo malo. De si se sentía bien o mal. Era un muro en el que yo no conseguía entrar salvo si me centraba en sus dos únicos y obsesivos temas de interés: los dibujos animados a los que debíamos imitar constantemente y los monstruos.

Padecimos los dos durante tiempo. Verle salir del colegio hastiado, escondido, enfundado en capuchas, deseando desaparecer del mundo y meterse en el suyo, los dibus, era la visión diaria más amarga. Con la ayuda de su nueva terapeuta que supo atajar los verdaderos problemas de Claudio, las cosas empezaron muy poco a poco a variar casi imperceptiblemente y siempre fuera del ámbito escolar. Quizá fuera por eso, quizá coincidió el cambio de dirección en el centro, quizá fue que aquel niño alteraba por completo el desarrollo de todo y de todos y había que darle solución, quizá ya no era falta de madurez, quizá había algo más, o quizá tenía que pasar, sencillamente. El caso es que la coreografía de este baile cambió.

La primera vez que fui consciente de la palabra Asperger fue en las páginas de la Trilogía de Milleniun. No es el tipo de literatura que me gusta, pero ahora sé que debía caer en mis manos. Aquel personaje, el de Lisbeth Salander tenía que cruzarse en mi camino. Claudio y Lisbeth tenían algunos rasgos de comportamiento en común y como un fogonazo me cruzó la mente. ¿Y si…? Casi alternativamente, su profesora de 2º me dijo que Claudio podría tener Asperger, ella había tratado con niños “así” y aquel rechazo constante al contacto físico, aquella mirada siempre huidiza y sus desfases espacio-temporales podían significar algo. ¡Ahora! Quise pegarla. Quise escupirle a la cara lo asquerosa que me parecía, ahí, cómodamente instalada en su nube emocional mientras me tiraba encima un marrón más después de años de no haberme tenido en cuenta. No ella, todos los anteriores. Pero no dije nada. Y después de sentir tan irracionalmente, me invadió el miedo y tomé la decisión de un crío: “pues ahora va a ser que no”.

A pesar de la pataleta, me informé dispuesta a actuar. Me informé, de verdad, pero cuando preguntaba en un privado por el diagnóstico (ya pasé por profesionales públicos que me miraron raro o me exigieron un horario laboral como el suyo, de 8 a 15, si quería curar a Claudio), solo veía cifras para mí disparatadas. Y con esta venda en los ojos, me crucé de brazos, lo reconozco, aunque por poco tiempo.

Unos meses después, coincidiendo con el inicio del curso (4º), la directora del centro me habló del Aula Preferente, del TGD, de que lo había solicitado para el colegio, de que Claudio necesitaba ayuda y de que sin una etiqueta no podían hacer nada por él. El siguiente paso era autorizar que Claudio pasara por la Orientadora. Se me erizó el alma. Si era la misma de aquella fatídica vez, prefería que las cosas se mantuvieran como estaban. Pero afortunadamente, había cambiado. Sobre esto tengo una teoría que ya contaré.

Comenzaron las entrevistas de padres, las pruebas diagnósticas, las preguntas, las respuestas, los test y yo sentía que todo ese proceso era un cinta transportadora que desembocaba en el Asperger. Y así fue. Llegó el día del resultado final al final de una docena de páginas que hablaban de mi hijo: Síndrome de Asperger. Volví a enfadarme sin ninguna razón o con todas juntas. Firmé lo más grande que pude en aquel a pie de página queriendo y no queriendo. Otra vez salía hundida, ahogada en mocos y en lágrimas, asqueada de la vida y, sin embargo, aliviada. “Por fin”, pensé entre sorbo y sorbo. Aquel día no fui a trabajar y me lo pasé leyendo y buscando en Internet. Y llorando. Ese mismo día también me asocié a Asperger Madrid y un mes después comencé la Escuela de Padres. Todo muy causal.

Al día siguiente del diagnóstico, Claudio supo que tenía Asperger. Él también se daba cuenta de que algo no iba bien, de que no era ni hacía las cosas igual que el resto y todo su afán era conseguir ser uno más. No confundamos: a Claudio como a ningún otro Asperger le falta inteligencia. Me escuchó por primera vez y antes incluso de terminar, suspiró. Sí, ese tipo de suspiro que ocurre de forma natural cuando te quitas un peso de encima.

A mí me quedaban un par de llantos todavía. Uno, tras acudir el primer día a la Escuela de Padres y escuchar en boca de otras personas las mismas notas que llevaba escuchando yo sola a lo largo de 10 años. Aquella primera sesión fue una sinfonía perfecta de voces coordinadas. De vuelta a casa hice el camino a pie llorando naturalmente, pero ya no me importó que me viera nadie. Ni estaba sola, ni yo era tan mala madre como pensaba que había sido, ni mi sentimiento de culpa por creer que no había hecho suficiente era exclusivo. Como yo había más y estábamos juntos. Quise abrazarlos a todos y darles las gracias. Y aunque a golpes de batuta se confirmaba que sí, que Claudio tenía (y tiene) Asperger y esos golpes a veces me hacían desafinar, me sentí feliz. Por fin podía ayudarle. Y comprenderle. Y hacer que los demás le entiendan y le comprendan. Podíamos empezar de cero más o menos.

Hoy, Claudio está integrado (bueno, sigue integrándose) ayudado por el colegio a cuyos profesionales reverencio independientemente de los motivos que llevaron a la Directiva a propiciar que el centro tenga hoy Aula Preferente, por los psicólogos de la Asociación Asperger Madrid, por su terapeuta individual y por mí. Y digo por mí porque me merezco una palmadita en el hombro. La necesito. De mí más que de nadie.

Nuestras vidas tienen un antes y un después -con sus días- tras el diagnóstico y la intervención. Claudio es el de siempre pero ahora se deja ver sin esfuerzo al haberse desprendido de la concha espesa y dura con la que ha crecido. La mayor parte de los días sale del colegio hablando con sus compañeros, a cara descubierta, mirando al frente y sintiéndose mayor. El niño mayor que debía haber empezado a sentirse hace dos o tres años como el resto. Ha redivivo. Y que los demás me perdonen, pero es el mejor. De verdad. No es pasión de madre. Es un hecho objetivo.

Cierto es que la etiqueta le sirvió durante un tiempo para afianzar su comportamiento y rechazar la intervención, pero era un riesgo que había que correr y manejar. Ahora ya no se pone escusas, se pone retos y, sí es verdad, se pregunta por qué lleva un abonotransporte color azul que compra en un quiosco y no en el metro. No lo ha verbalizado pero es porque sabe la respuesta. Estoy segura.

En mi cajón, amontonados, están los informes, memoria, cansancio y recuerdo de las andanzas de 10 años atrás. Junto a ellos un certificado con un sello estampado sobre un porcentaje -la causa de mi segunda llantina- y notas manuscritas con recuerdos que quiero olvidar. ¡Ah! y también la mayor parte de la preocupación que he cambiado por la ocupación.

Escribir todo esto me ha costado un año. No me salía. Y aún no tengo asimilado que yo, precisamente yo, tenga un hijo austista de alto rendimiento -hay que ser rigurosos con el lenguaje porque es el primer paso para avanzar-, pero no parece que lo lleve mal. Buena prueba de ello es este tostón que he soltado en forma de autoayuda. Un tostón, vuelvo a repetir, que solo entenderán unos pocos bailarines que como yo conocen los pasos: los padres de otros niños con Asperger.

Pues ya está. Mejor o peor, lo he sacado. Así que a otra cosa, mariposa.

La Ser y Javier Calvo rectifican sobre el SA

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A continuación, transcribo un e-mail recibido desde la Asociación Asperger Madrid a todos los socios sobre la polémica surgida la semana pasada en el programa A vivir que son dos días de la cadena Ser y su forma de tratar el Asperger. Es importante que luchemos contra este tipo de información que aunque no parece malintencionada causa un daño irreparable en quienes padecen este trastorno y sus familias. La información es la base y la buena información, el objetivo.

Buenas tardes a todos,
El pasado sábado día 25/02/2012 en el programa radiofónico semanal A vivir que son dos días de Cadena Ser, concretamente en el espacio denominado Club del libro se presentó el trabajo de un escritor catalán Javier Calvo, se trataba de su novela premiada “El Jardín colgante” galardonada con el premio biblioteca breve 2012.
En este espacio que se emite entre las 11 y 11:30 de la mañana se dijeron una serie de barbaridades sobre el Sindrome de Asperger, pues uno de los personajes de ficción, el protagonista Aristides Lao, personaje extraño y oscuro, que el propio escritor lo definió como Asperger.
El problema fueron las palabras que utilizó, la animosidad negativa de como lo expusieron tanto los entrevistadores como el propio autor.
Este es el link de la emisión de radio por si lo quereis escuchar:
Las palabras son realmente agravantes y difamatorias, lo definen con palabras textuales como:
“…hombre repugnante…yo también lo odio y quiero que toda la gente lo odie…mundo al que no le importa las personas todo el mundo es sacrificable en base a un objetivo abstracto.. tipo lo que sea… y la enfermedad que tiene Síndrome de Asperger ..síndrome real..enfermedad similar al autismo.. y no puede desarrollar vínculos emocionales no quiero decir que “la pobre gente” que lo tenga…el personaje busca la empatía negativa para que la gente lo odie…”
Ante esto un gran colectivo hemos solicitado una retractación tanto del autor como del propio programa de la Cadena Ser.
El autor se puso en contacto con una madre a través de mensaje privado de facebook, y también realizó una escrito en su blog, os dejo el enlace para que lo podais ver:
No nos quedamos satisfechos con esto, y una madre de Alicante llamó a la cadena ser y desde alli le dijeron que habría una rectificacion desde el programa el sábado 3 de marzo entre las 11 y 11:30 de la mañana de los entrevistadores con el autor, no sé si éste en persona o en diferido desde una llamada telefónica.
Este es en resumen de una cadena de acontencimientos que espero terminen en un final que sea beneficioso para todos los que luchamos por el sindrome de Asperger.
Un saludo a todos
Gema, mamá de un niño con Asperger.

Written by Galo Sirtsigam

2 marzo, 2012 at 11:44

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Opiniones en bruto

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Fotografías de policías con la rodilla sobre la cabeza de un chico, denuncias de padres a profesores por incitar a menores a manifestarse, llamamientos a ‘quemar las calles’, imágenes tergiversadas de otras protestas que se hacen pasar por las de ayer en Valencia, policías cargando como si tuvieran que rescatar a la ciudad de los malos, peticiones de dimisión, instrucciones de cómo enfrentarse a la policía…

Twitter no deja tiempo para pensar. Te arrastra hacia una marea de opiniones en bruto. Sin aparente premeditación, los que formamos parte de la masa tiwtera hacemos de los RT chispas que alientan más el fuego. Y en ese escenario vertiginoso te ves obligado a colocarte y opinar. En caliente. A pesar de que toda la información (de un bando y de otro) que tratas de digerir te pueda parecer sesgada. La masa de Twitter dice: “O estás con nosotros o en contra”.

Y lo que subyace es: “Si estás a favor justificas también que se pueda armar parda. Si estás en contra, eres un fascista reprimido que abogas por la mano dura“. Pues ni lo uno ni lo otro. Por ahí no paso.

Que los chavales tienen derecho a protestar porque pasan frío, -ellos y cualquiera-, SÍ, faltaría más. Todos tenemos derecho a protestar por aquello que nos parece mal. Forma parte del Estado de Derecho. Pero hacerlo como Atila y pagar con los contenedores y las papeleras una furia que no ha tenido tiempo para la reflexión, NO. El Estado de Derecho, el que hemos elegido que exista, el que nos permite protestar, brinda otros cauces y esos son los que debemos aplicar en cualquier caso.

Para los manifestantes y para los que están detrás de ellos, que los hay, el resultado ha sido más que satisfactorio: repercusión, politización y generación de simpatías hacia un bando concreto. Para los políticos que han tenido que tomar la decisión de “esto hay que pararlo”, no tanto. Al final, y como se preveía, han hecho lo que tenían que hacer -demasiado- y han sido ellos los que la han terminado de liar parda.

Porque esta vez, quienes hemos visto que estaban frente a los policías eran chavales armados con escuadras y cartabones pidiendo calefacción y legitimando con sus moratones las protestas contra el nuevo mal de nuestro tiempo occidental, los recortes, que no solo la calefacción. Y así sí, prueba conseguida. Si desde lo más emocional apoyamos que se hiciera en Grecia porque eran padres y madres reclamando bienestar, cómo podemos repudiar que lo hagan nuestros jóvenes en nombre de la Educación. Está claro, ¿no?

Lo malo de todo esto no es que se haga, sino cómo se hace. Y cómo se trata de manipular para que se haga. Ayer dejé de creerme todo lo que veía y leía. Dejé de creerme la efusividad con la que muchos arremetían contra los policías y le cantaban nanas a los estudiantes y viceversa. Todo me generó incredulidad.

Vayamos al origen de las cosas, démonos tiempo y reflexionemos desde ahí. Nos está haciendo mucha falta.

Written by Galo Sirtsigam

21 febrero, 2012 at 13:08

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Rubalcaba y las teorías de la conspiración

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Me despierta mucha curiosidad que Rubalcaba quiera liderar el Psoe tras el batacazo electoral del 20N. Los políticos, como los deportistas, tienen una vida profesional relativamente corta y esta dura lo que duran los éxitos y la buena forma física, salvando las distancias. Por eso me cuesta creer que la que fue mano derecha e izquierda de Zapatero, no persiga otro objetivo. ¿Presidente del Gobierno de España? ¿A estas alturas? ¿Por qué? Creo que hay algo más.

No me creí su campaña electoral ni su estrategia cuando le vi rodeado de viejas glorias políticas. Como si su meta fuera perder y peder estrepitosamente. Romperlo del todo para comprar uno nuevo a su gusto.

Tampoco me creo su candidatura a la secretaria general. Sigue insistiendo en lo mismo, en lo que ha caducado. Demasiado viejo todo. Demasiado pegado al pasado.

Se me ocurren varias razones para esta actitud y todas ellas, lo admito, tienen un lado oscuro. La primera: sus leales de hoy, los de antes, mantienen el poder intacto y los apoyos necesarios dentro del Psoe para encumbrarle. Sin ellos, no tiene nada. Segunda: conseguido el control absoluto del partido, Rubalcaba colocará a quien, estoy segura, ya tiene en mente colocar desde hace tiempo para pelear por el Gobierno de España. Y este sí que será nuevo para la mayoría de los ciudadanos, preparado durante tiempo dentro y fuera de España y con una visión completamente europeizada de lo que tiene que ser el socialismo, que no la izquierda. Se me ocurre, incluso, que hasta llegue a cambiar las siglas de lo que ahora conocemos como Psoe.

Rubalcaba ‘el limpiador’ ha sido un segundo destacado pero me da en la nariz que ahora pretende ser algo más que el número 1. Que lo sea en su partido, me da igual pero sí me infunde miedo pensarle de nuevo en los atrios del gobierno.

De Chacón, que ya estaba pero llevaba menos tiempo, ya escribiré en otra entrada. Sólo diré que en común, además de las siglas que les amparan, tienen el mismo olor a pasado chumascado. Ambos hablan de renovación llevando un abrigo viejo al que sólo le han cambiado los botones.

Written by Galo Sirtsigam

11 enero, 2012 at 14:22

Un lazo por ella

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– ¡Anda, anda! ¿Es que no te has visto? ¡Quítate esa falda porque así no sales a la calle!

Ella se cambió la falda.

– ¿Tú? ¡Tú qué hablas si eres analfabeta! Cállate y deja de decir tonterías.

Ella guardó silencio.

– Tú donde tienes que estar es aquí conmigo que soy tu marido. ¡Déjate de familia y de hostias!

Ella se quedó en casa.

– Un hombre tiene sus necesidades que para eso me he casado.

Ella se tumbó en la cama y se abrió.

Entre palo y palo, él le besaba las heridas.

Cabeza y corazón se le volvieron culpa y el cuerpo, un saco terrero.

Dejó de ser y se convirtió en sombra silenciosa.

De a poco echó el freno de la rebeldía y enseñó a sus hijos a hacer lo mismo. Para evitar follones, para que dejara de gritar por todo, para poder tener un momento de paz que nunca llegaba.

Quise estudiar, quise prosperar, quise aprender, quise trabajar, quise… Y no me dejó. Crié, limpié, cuidé, ahorré a escondidas, estudié a escondidas, soporté golpes por fuera y por dentro. Aguanté porque en una relación, la culpa es siempre de dos y yo no supe entenderle. Aguanté porque vi aguantar a mi madre. Aguanté porque era lo que se esperaba de mí. Aguanté porque no tiene a nadie más que a mí. Aguanté porque soy más fuerte en el fondo. Aguanté. Y olvidé que tenía sueños.

Un día, 40 años después, tras horas de gritos incontenidos, tuvo una bocanada de tanto que había tragado y sacó la llave para abrir la reja. Se marchó. Dolorida, asustada, cansada, culpable, triturada por dentro, apenada incluso por la soledad en la que dejaba a aquel hombre. Pero salió y vio amanecer.

Todavía le tiene en el pensamiento y se pregunta cómo saldrá adelante sin ella. Tan mayor.

Pero ahora si llora es ella, si ríe, también.

No tiene casa propia, pero ha vuelto a estudiar.

No tiene más ingresos que una pequeña pensión, pero ha vuelto a la vida.

Dedicado a todas ellas.

Written by Galo Sirtsigam

25 noviembre, 2011 at 12:47

Ráfagas y saludo en ‘V’

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Yo no sé lo que es el destino.

Caminando fui lo que fui.

¡Allá Dios que será divino!

Yo me muero como viví.

‘Magic’ nos dijo que lo celebráramos con risas y que brindáramos por él si llegaba el caso. El caso llegó y aquella copa nos ha dejado una resaca eterna. Fue una maza marca Honda CBR 600 la que hizo añicos todas nuestras vidas un 24 de noviembre de 1994 y todavía se mantiene en el suelo ocupando el hueco que debería ocupar David.

Seis días antes le dio la bienvenida a los 23 años con un sello de oro en su dedo y una placa en la solapa como recompensa a todo su esfuerzo. Sello, placa y juventud apenas estrenadas se quedaron en aquella curva falsa y de malas intenciones.

Hoy brindo de nuevo porque tuve suerte de tener completos sus 23, de haber llegado a tiempo de haber sido testigo de su éxito personal y de haber escuchado de su boca una y otra vez cómo me llamaba ‘mi hermana la loquita’. Quiero que lo sepa y se lo mando todo comprimido y codificado en una gran ráfaga y un saludo en ‘V’.

David

18/11/1971 – 24/11/1994

Written by Galo Sirtsigam

24 noviembre, 2011 at 14:00

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