Anamnesis casera

La puerta de atrás

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Historia de un papel

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Este trocito de papel me lo encontré en la parada de un autobús hace unos días y desde entonces he imaginado de quién podría ser, a quién iba dirigido y cuál fue su recorrido antes de llegar hasta mí.

1) Su autor/a empezó a escribirlo sentada/o en alguna de las marquesinas de Madrid.

2) Lo continuó en el autobús.

3) Antes de acabarlo, lo estrujó y se lo guardó en un bolsillo con la intención de tirarlo a la papelera más cercana.

4) El papel se cayó de su bolsillo al bajar del autobús.

5) Yo lo encontré.

6) Lo he restaurado.

El texto que ha resultado de este improvisado cadáver exquisito está más adelante. He cambiado el género. He añadido frases, le he dado forma de poesía sin ninguna pretenciosidad porque hacerlo sería un disparate y le he puesto un final. Si alguien lo reconoce, ya sabe dónde está y qué ha sido de él.

 

 

 

Eres fuente seca. Seca tu boca, seca tu piel, seco tu sexo.

Yo soy un manantial que no quiere llenarte.

Mi agua pertenece a otra. La de mi piel, la de mi boca, la de mi corazón y mi cerebro.

La de mi sexo.

Mis gotas la bañan e hidratan sus poros.

Esos agujeritos proféticos que utilizo como cauce

y llevan al único sendero.

Resbalan mis gotas por su cuerpo

y me nutro de sal, sudor, hierro.

Rica y poderosa me encamino hasta su delta, mi delta,

mi destino.

Tú no eres mi cuna.

No eres mi nacimiento.

No me deslizo por ti. Me estanco.

Todo lo que no sea su seno me pudre.

Tú eres fuente seca y yo, sin ella,

soy desierto, manantial muerto.

Written by Galo Sirtsigam

30 abril, 2012 at 15:36

#15M en escala de colores

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Quien ordenó a la Policía golpear y atropellar a los de la Plaza Catalunya no podría haberlo hecho peor. Si fue una decisión tomada con la testosterona sobre la mesa, se equivocó de época y se quedó corto de bromuro. Si fue meditada, le faltó más tiempo para pensar y más inteligencia. Con la de resortes que tiene la Democracia y se decanta por el más salvaje. Los del 15M ya tienen un motivo definido para acampar sin desgastarse. Me siento disgustada cuando me convenzo de que el problema no está en el sistema, sino en nosotros mismos. Este como tantos otros es el reflejo de lo que somos y nos representa nos guste o no.

Con independencia de la atrocidaz policial, ni los del movimiento en las plazas ni los del balanceo político en las sillas de los despachos me convencen del todo y trato de tomar distancia para ver la cosa con perspectiva si es que eso es posible. Sólo he asistido a dos asambleas en la Puerta del Sol y lo que he visto, lo reconozco, me ha llenado de admiración: gente, mucha gente, dialogando, poniendo en común, intentando no caer en las mismas imposiciones que pretenden cambiar, desconocidos que esperan y piden su turno de palabra sin moderador visible, aplausos con lengua de signos para evitar interrupciones. Y la cosa más o menos funcionaba. Ahora dudo que siga funcionando de la misma manera tras los  ‘desalojos’ de Barcelona y Lleida. Alguien se equivocó al zarandear la colmena y la masa me preocupa. Me preocupa la adrenalina que se despierta en el hombre cuando se siente arropado por otros miles inflamados como él. En estos casos, la Historia nos dice que al final hasta las mejores intenciones se desvirtúan.

También me pongo en el lugar de los otros ‘indignados’, de ahí mi dualidad. Empatizo con los comerciantes de las plazas, empatizo con aquellos a los que les duele su propio esfuerzo y defienden su recompensa, con los que nunca se han saltado la Ley porque creen en ella y les molesta que otros, menos conscientes de las consecuencias, hagan alarde de una valentía exagerada al burlarla. Me pongo en mi propio lugar y me siento abducida por un sistema al que no paro de alimentar, a pesar de haber luchado contra él, pero al que respeto. Respeto esta fórmula democrática porque me da cosas que quiero y me permite elegir si no las quiero.  Me permite discutir del hambre en el mundo con la tripa llena, me permite saber qué guerra se cuece al otro lado sin que me silbe una bala en la oreja, me permite tomar conciencia y estar informada por medio de tecnología de última generación sin experimentar grandes males. Todo esto me hace oponer cierta resistencia, me reafirma en la propiedad privada y en lo que me costará como contribuyente las molestias y los gastos en seguridad y limpieza que ocasiona el 15M. Puede que en el fondo me de un poco de miedo cambiar no sea que pasemos de una manipulación a otra manipulación y encima pierda. ¡Quién sabe!

Así que por el momento, no llego a ningún sitio. Me he parado en el centro, donde se encuentra la escala de colores que va del azul al rojo excluyendo únicamente los tonos que se van a los extremos.

Kung-Fu Kid

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Nací de muchos mundos pero sólo hablo un idioma.

– Mamá, ¿sabes qué me van a regalar cuando cumpla veinte años?
– No tengo ni idea… ¡cómo lo voy a saber!
– Pues yo sí lo sé. Una cámara de fotos. Como la tuya grande del trabajo.
-¡Qué chula! Así podrás hacerle fotos a tu mascota.
-Sí, y ¿sabes cómo la voy a llamar?
-¿A la cámara?
-Nooooooooooooo. A mi mascoota.
-Tampoco lo sé.
-¡Mordisquitos!
-¡Me encanta! ¡Me encanta!
-Mordisquitos, Mordisquitos.

Sería un gato. Aunque un perro también. Se llevarían bien. Mordisquitos y Snowy. Y nunca saldría de casa sin ninguno de ellos. A ningún sitio. Incluso renunciaría a su viaje a Venezuela si no les dejaban ir con él en el avión.

-Es que son mi responsabilidad.
-Bueno, podemos hacer un trato. Tú te vas a Venezuela con tu papá y yo me quedo cuidándolos.
-No, mamá, no, eso es cosa mía. ¿Tú los cuidarías bien?
-Pues claro. ¿No te fías de mí?
-Sí, pero es que les echaría mucho de menos.
-Hagamos una cosa. Cuando cumplas los 12 años y te vayas, hablamos.
-Vale. ¿Pero con 10 tendré a Mordisquitos?
-Sí, creo que sí.
-Biennnnnnnnn.

La calle que recorría a zancadas era una luna perfecta repleta de cráteres, precipicios de mil metros, trampas rebosantes de escorpiones negros y piedras sobre ríos atiborrados de cocodrilos. Los sorteaba todos como un superhéroe de videojuego. Fuerte, preciso, sincronizado, rápido. Esa misma calle pavimentada y gris cambiaba de escenario y de color dependiendo de la obsesión del día. A millones de kilómetros de distancia le seguía su madre. Porque ella sin él no iba a ningún sitio y porque no fuera a ser que a aquellos escorpiones alguna vez les diera por picar de verdad.

Se obstinaba por pararse a cada salto como si controlara el tiempo. El suyo y el de los demás. No había ningún otro héroe en aquel juego, salvo los que le rozaban fugaces y perplejos por tanta necesidad de espacio y movimiento sobre una simple baldosa. En su desafío, las clases de Kung-Fu no comenzaban a las cinco y cuarto, no comenzaban nunca, la verdad, porque él era el gran maestro. A veces incluso paraba el reloj, pero el mudo tic-tac, tozudo, desafiaba toda ley natural o inventada. El tiempo es una máquina quitanieves. Arrasa con acero frío y empuja hacia delante. No hay voluntad que la pare. Ni natural ni inventada.

– ¡¡Vamos, vamos…!!-, le grita su madre.

Y al momento, comienza una carrera frenética con la cabeza hacia abajo y la mochila a punto de dispararse como un cohete sobre la espalda. Puede tratarse de obediencia o de un leve síntoma de responsabilidad. O a lo mejor se trata sólo de costumbre. Debe ser eso porque la carrera dura poco. Le frenan unas rocas blancas que marcan el camino a la otra orilla del río. Ahora sí va contrarreloj. Las pirañas se le comerán si no atraviesa las aguas antes de que se abra el puente. Zancadas grandes, zancadas grandes, zancadas grandes. En el último minuto una mano le rescata y le hace volar sobre el río. También forma parte del juego. La ayuda no le quita vidas porque tiene puntos acumulados que le dan bonificaciones extra para utilizar en caso de apuro.

Sería divertido que pudiéramos reinventar la vida por pasos y cambiar el presente y el futuro a nuestro antojo. Como un juego. Una carrera perfecta, absolutamente dinámica y, claro que sí, creativa. Su madre lo pensaba mientras veía la mochila oscilar arriba y abajo sólo rellena por los guantes de boxeo de Kun-Fú. Eso le hizo pensar que ya no le valdrían para el curso siguiente y tendría que regalarlos o venderlos y comprar otros más grandes. Siempre más grande, más alto.

El cuerpo de un niño es un cuento que se reinventa día a día sin contar nada en concreto pero que alberga una gran historia. Y de eso te das cuenta, de repente, al probarle unos pantalones. Descubres lo que ya sabes, que ese niño hace rato que acabó de terminar un capítulo entero del que te quedan muchas páginas por leer. Y mientras relees y buscas a ver qué te has perdido, su cuerpo ya lleva muy avanzado el capítulo siguiente. También tú vas contrarreloj en esta carrera delirante contra el tiempo.

Pequeño y currante

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Autor: William Fog. "Tomando un descanso en el Centro Saathi, estos niños muestran que sólo se tienen los unos a los otros para sobrevivir en la calle".

No han sido pocas las veces que he escuchado de boca de un niño trabajador reinvindicar su derecho a trabajar dignamente. A ojos de la tan avanzada Europa, nos parece una aberración ver a críos limpiando botas en las calles de Lima o recogiendo basura en alguno de los vertederos de Brasil, Bogotá o Colombia o vendiendo cualquier refrigerio en los particulares autobuses caraqueños. Y lo es. Claro que lo es. Pero salvo que remediemos drásticamente esta situación, lo cierto es que todos estos niños son miembros económicos de sus familias y sin sus ingresos, la mayoría de ellas estarían en condiciones aún más paupérrimas. Cuando unos padres no pueden mantener a su prole ¿quién o quiénes lo hacen por ellos?

Los del primer mundo deberíamos distinguir entre trabajo infantil y explotación infantil. Entre niños trabajadores y niños de la calle. A lo segundo, rotundamente NO. A lo primero, tengo mis reservas si no se ataja de raíz, como he dicho antes, el problema endémico de las familias -a las que muchos de ellos siguen ligados. Existen asociaciones de niños trabajadores en Latinoamérica que con sus medios tratan de hacerse oir para mostrar a los sesudos adultos industrializados que su trabajo es fundamental y necesario, incluso para sus países. Y ahora, en tiempos de crisis mundial, más que nunca. Otros, también grupos de niños apoyados por activistas comprometidos, se afanan en terminar con esta lacra, aunque de lo que de verdad están necesitados en muchos casos es de unos padres que los protejan y abracen. Sólo con la perserverancia de muchas y diferentes Ong y grupos de apoyo, se tardarían miles de años en erradicar el trabajo infantil y la explotación.

No creo que se trate de oponerse tanto al trabajo como a defender la Educación que es el único valor para asegurar la prosperidad de los niños. Hay voces que reclaman una regularización de su trabajo y la formalización de derechos laborales, cuestiones que no ven incompatibles con otra aún más demandada, el Derecho a la Educación. Pero ¿quién se va a ocupar de mantener a los cientos de miles de niños mientras se forman? ¿Sus padres? ¿Sus gobernantes? ¿Los ciudadanos? Ojalá lo hiciéramos todos y a la vez, pero por desgracia no es el caso. Entonces, a lo mejor, dignificar su trabajo y darles una educación sería un comienzo, ¿no?

Lo ideal, lo verdaderamente justo es que ningún crio tuvieran que verse en la necesasidad de trabajar. Pero seamos serios, la realidad es otra. La realidad, la de verdad, no nos llevemos a engaño, la hace a diario el primer mundo, ansioso por los balances positivos. La realidad la hacen las multinacionales, algunas responsables directas de la explotación infantil en sus propias empresas para la elaboración y fabricación de muchos de sus productos. Algunas tienen mucho que ver con la extrema pobreza contra la que se debaten a diario los padres de los niños trabajadores y por la que se estrujan en la calle millones de críos que cooperan con el sostenimiento de sus hogares. Pues entonces, no seamos hipócritas, por favor.

La Fundación Telefónica -sin comentarios- ha promovido el libro de fotografías La hora del recreo. Erradicar el trabajo infantil en Latinoamércia. Podría decir muchas cosas, pero sólo se me ocurre que esto es como ir a Dios rogando y con el mazo dando. A pesar de ello, bienvenido sea.

*Recomiendo Comedia Infantil de Henning Mankell.

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